viernes, 19 de noviembre de 2010

MEZCLA I: Jose Luis Sampedro y la enfermería

Leí este artículo hace unas mañanas mientras nos tomábamos el café durante el descanso en control de enfermería. Y al momento me dije, lo tengo que infundir por todas partes, por eso la palabra enfermera aparecerá en varios idiomas (tranquilo todo el mundo, no me volví loca del todo).


Las enfermeras hacen de todo. Tienen un horario que solo lo entienden aquellos que siguen uno similar. Andan de un lado a otro en pijama y después por la calle, parece que han sufrido una transformación porque nadie las reconoce. Siempre reciben las quejas de todos, incluso aquellas que no van dirigidas a ellas. Trabajan duro y pocas veces se le reconoce. Son traductoras de símbolos extraños. Ven y escuchan cosas que pocos tienen oportunidad de conocer en toda la vida (y eso casi por semana). Nos hemos llamado de muchas maneras según las titulaciones pero nunca por nuestro verdadero nombre. Siempre se nos pregunta, ¿por qué enfermería?¿no entraste en medicina? Normalmente comemos y dormimos cuando el resto del mundo está ya en otra fase de su vida diaria. Trabajan, estudian y aun pueden hacer vida social fuera del hospital. Ante todo defienden su profesión así que……¡enfermeras ¡Krankenschwestern!¡nurses!¡ infirmières!¡infermieri!¡enfermeiras!¡νοσοκόμες!¡sykepleiere!¡медсестер!
AL FIN

 Alguien que estuvo en un hospital, observó el trabajo del personal sanitario y nos elogió. Aquí os dejo lo que dijo José Luis Sampedro:

“Hablo – contaba Sampedro - con la experiencia de una muy grave estancia en la cama de un hospital y una permanencia de tres meses, las veinticuatro horas de cada día, como acompañante de una enferma hasta que falleció. Esta última dolorosa experiencia supuso mi constante convivencia con todas las enfermeras, llegando a conocerlas y a verlas en acción como sin duda no las veis los médicos, pues para mi, no eran meras técnicas ni colaboradoras, sino compañía, esperanza, alivio, seguridad y confianza”.


“Cuando se está aislado en una habitación horas y horas, viendo cambiar la luz en la ventana, el abrirse la puerta ofrecía sorpresas muy distintas. Si era el médico, siempre le acompañaba la incertidumbre inicial: ¿traía buenas o malas noticias? ¿Cómo evolucionaba el caso?. Si era la enfermera su aportación era siempre positiva: la hora de la medicina, o de la tensión, o la temperatura, el alimento o la bebida, el comentario animador.... El mero hecho de verla moverse por la habitación era una garantía de seguridad, de amparo. Un suspiro de alivio se nos escapaba a mi enferma y a mi al abrirse aquella puerta”.


“Y es que la enfermera aportaba un gran ramo de valores humanos, de los que ahora tanto se mencionan y tan poco se aplican: ternura, comprensión, compañía para la soledad, sosiego para la inquietud, tranquilidad. Con el tiempo, alguna enfermera pasó a otros servicios....Pero de pronto abrió nuestra puerta, sin obligación alguna, sólo para preguntar y para demostrarnos el interés directo que habían llegado a tomarse. Y más de una vez, en los pasillos, me manifestaron con emoción ese interés refiriéndose a la persona que yo acompañaba”.


“Para terminar, mi admiración no se limita a esos valores humanos sino además a los profesionales y a la técnica. (...). Mis enfermeras, pues las quiero llamar así, hicieron siempre frente a ese reto con la mayor seguridad y eficacia”.


“En fin, abandoné el hospital tronchado por la inevitable desgracia, pero admirado y lleno de cariño hacia un grupo profesional tan digno y tan lleno de generosa humanidad, que no sólo cumplía con su deber, sino que lo hacía con sentimientos cordiales. Por eso ahora aprovecho la ocasión para sumarme al homenaje y para proclamar la trascendencia de la función desempeñada por las enfermeras y la eficacia con que la realizan”.

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